Relatos ganadores concurso literario «Villa de Alcorisa»

Relatos ganadores concurso literario «Villa de Alcorisa»

El primer premio recae en ‘Reencuentro’, de Jorge Gálvez Recuero, y el segundo ha sido otorgado a ‘Encarnación’, de Ismael Pérez de Pedro

Reencuentro, del madrileño Jorge Gálvez Recuero, y Encarnación, de Ismael Pérez de Pedro, procedente de Viladecans (Barcelona), han resultado ganadores del V Concurso de relatos breves «Villa de Alcorisa», organizado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento con la colaboración de la Biblioteca Municipal. El carácter internacional de esta edición ha propiciado una alta participación, recibiéndose una cantidad de trabajos que ha multiplicado por siete los textos presentados en ocasiones anteriores.

Relatos

1º premio: Reencuentro
Autor: Jorge Gálvez Recuero
Madrid

Barrían cada noche las estrellas apagadas, por restarle algo de oscuridad inútil a sus vidas. Después se metían en la cama y se cenaban el uno al otro como sobras frías del día anterior. Les detenía antes la hartura que el empacho y espantaban la vigilia con rezos callados olvidando que la fe se les había fugado años atrás. Soñaban que eran otros y que dormían abrazados, apretaban fuerte la almohada compartida contra el pecho imaginando que la tela ajena era la piel propia y que por fin la pasión había vuelto a sus cuerpos. Al despertar apagaban la alarma aún por sonar y se les caía un buenos días que a veces acompañaban del mismo nombre que aparecía en su carné de identidad, sin apelativo dulce ni epíteto acostumbrado. Aquella mañana coincidieron en un desnorte mayor del habitual. Al encaminarse al desayuno, atribulados por extrañas pesadillas que no lograban recordar, se encontraron con que la cocina les había cambiado las cosas de sitio. La cafetera ocupaba el lugar de la tostadora y la tostadora se había arrojado al fregadero. El azúcar, esparcido por la encimera, nevaba en arroyuelos sobre un suelo plagado de loza y cristales rotos. Ella, con el miedo naciéndole en el vientre, le tiró de la manga de la bata con fuerza. Él, con la angustia atenazándole el corazón, buscó la manera de ofrecer cobijo bajo su brazo adormilado. Les tranquilizó saberse acompañados frente a la amenaza del repentino caos. Al no saber qué hacer, se miraron para reconocerse, se vieron tan distintos que se recordaron a ellos mismos, se dijeron cariño o algo parecido a lo que se llamaban antes de olvidarse. Se dejaron calentar por el inesperado fuego de sus adentros, que incendió su preocupación por el desorden, y volvieron a la cama a redescubrirse con la virginidad recuperada en sus ansiosas manos. El televisor, al que por primera vez en muchas mañanas no atendieron, hablaba de placas tectónicas, escalas de Richter y un suceso sísmico inusual en aquellas latitudes tranquilas del planeta.

2º premio: Encarnación
Autor: Ismael Pérez de Pedro
Viladecans (Barcelona)

Inspiró el aire con toda la profundidad de la que eran capaces unos pulmones ya viejos y cansados, emitiendo al hacerlo un débil silbido como el que produce el viento al colarse a través de una ventana mal aislada, y lo espiró lentamente mientras doblaba con suma delicadeza, como pauta la liturgia, el último pliegue del purificador. Ahora que colgaba la sotana, el viejo párroco se preguntaba si habían servido para algo sus sermones sobre la concordia, el diálogo y el respeto; las recomendaciones que domingo tras domingo, con toda su buena fe y sinceridad, había intentado trasladar a sus feligreses durante los últimos cuarenta años. No estaba convencido de haber conseguido  llegar a alguien, de haber inculcado en alguna conciencia la posibilidad de hacer las cosas de otra manera, sin odios ni rencores fratricidas; es más, le arañaba en el pecho la certeza de retirarse dejando un mundo y una sociedad todavía más crispados y divididos de como los había encontrado al ser ordenado sacerdote. Aún con ese desasosiego interno, se sobresaltó al escuchar un ruido que atravesó el silencio desde el otro extremo de la iglesia. Dejó la palia sobre el altar, sorteó en la penumbra una de las columnas del baldaquín y atravesó con paso firme el presbiterio hasta la sacristía. Cuando entró en ella y  encendió la luz a punto estuvo de parársele el corazón. Apenas necesitó un instante para comprobar que las tallas románicas de Judas y de Cristo que majestuosamente flanqueaban la alacena desde hacía décadas, habían desaparecido. Le habían robado en su última noche—pensó—y abrió, descompuesto, el armarito de madera de boj donde guardaba, además de los cornijales y otros juegos de paños, una botella de moscatel de la que solía servirse una copa después de limpiar y guardar los utensilios litúrgicos. Esa noche, embargado por la desazón, necesitaba un trago más que nunca. Pero no halló botella alguna. Sobre la balda solo encontró una bolsa raída de tela con treinta monedas de plata en su interior y un misal abierto por la página de cortesía en la que, a pesar de estar escrita en arameo y aun atenazado por el asombro, el viejo cura pudo leer lo siguiente: “Hemos decidido hablar y darnos otra oportunidad. Gracias por su insistencia, padre.”

    Firmaba la nota un tal Judas Iscariote.